24.10.13

Días de facultad XXVII

Gracias a que acabo de publicar La fragilidad del campamento, he tenido la oportunidad de presentarme en varios foros frente a estudiantes. Estuve en el CCH Vallejo, en la Universidad Iberoamericana y también en la UACM campus Cuautepec. 


La Ibero la conozco bien, impartí varios cursos ahí, de alguna forma me siento como en casa cada vez que voy; los alumnos son amables y tuvimos un buen debate, más filosófico que literario. El CCH Vallejo no lo conocía, pero yo me formé en la UNAM y llevo ya varios años impartiendo clases en la Facultad de Filosofía y Letras, donde recibimos muchos alumnos que  vienen del bachillerato de nuestra universidad, así que el público no me resultó desconocido. Además, he convivido con los organizadores del evento en otros foros y por ello me volví a sentir como en casa. En realidad estaba en casa.



Donde sí quedé verdaderamente sorprendido fue en mi visita a Cuautepec, no sabía qué esperarme y lo que me encontré me fascino. Pero vamos por partes, es curioso ver el final de la ciudad, la última calle hacia el norte. Y como Cuautepec está en la punta más lejana del Distrito Federal,  desde su campus se pueden  ver las últimas casas de la ciudad, sobre los cerros, ahí al lado. Búsquenlo en los mapas de google, verán que no miento. 



El entorno es gris, fuera del campus hay muchos trailers estacionados, las casas no tienen, o no todas, pintura. Son edificaciones bajas, pequeñas, muy juntas entre sí, más de un perro pasea por sus azoteas. En Cuautepec, a diferencia de otras partes de la ciudad, se ve el campo, los cerros son verdes. O así estaban, gracias a las lluvias que nos han azotado en los últimos meses. 



El campus es un oasis. Sus instalaciones son amplias, limpias al detalle, los cubículos de los profesores son espaciosos, y se ven los verdes cerros. El auditorio está muy bien equipado y estaba a reventar.  Las preguntas fueron lúcidas.    



No recuerdo si durante el conflicto que tuvo cerrada a la UACM escribí algo sobre el tema, pero espero no haberlo hecho porque mi perspectiva sobre la universidad cambió radicalmente después de visitar sus instalaciones y convivir con su comunidad. Quizá el índice de titulación es o era muy bajo, quizá los alumnos se toman 10 años en terminar sus estudios. 


Entonces se habló mucho de los problemas de la UACM, pero pocos hablaron del papel que juega para dotar de la oportunidad de un espacio digno para recibir educación superior a personas que viven en el último rincón de la ciudad. Me quedó clarísimo que necesitamos muchas universidades como la UACM en los lugares más apartados de la justicia social que hay en nuestro país. 

Esa sí es una forma de cambiar la realidad. Sin duda sería ideal que, además, la educación que brindan fuera de altísimo nivel, pero vamos por partes, lo urgente es el espacio digno, hacer comunidad, recuperar el tejido social, como tanto nos gusta decir, y para eso hay que mojarse. Por ello, me parece que los académicos de las universidades más importantes del país deberíamos pasar más tiempo en las otras universidades, en los otros campus, con los otros alumnos, que son muchos y son parte de nuestra sociedad. ¿O ser académicos sólo se trata de escribir artículos desde nuestros cubículos, en el sur de la ciudad?

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