27.4.12

Ataudes tallados a mano


Esta es la historia de un detective obsesionado por resolver el caso de un asesino serial, que se caracteriza por enviarle a sus futuras víctimas un pequeño ataúd de madera, tallado a mano. La investigación es complicada porque, además de los ataúdes, a Jake le resulta difícil encontrar la relación que hay entre las víctimas. Y es que, cada asesinato fue cometido de manera diferente: una víctima murió decapitada; una más mordida por serpientes de cascabel; otras, encerradas en un sótano al que le prendieron fuego.
Sin embargo, un par de episodios le dan a Jake la certeza, aunque no pruebas, de que el asesino es Bob Quinn: un rico del pueblo que se vio perjudicado por la decisión de un jurado, que aprobó trasvasar el Blue River que pasaba por la propiedad del sospechoso.
El caso da un giro el día que Addie, una cuarentona del pueblo, acude a Jake para informarle que recibió un ataúd muy sospechoso. La historia de las cajas mortuorias no era pública, así que el detective, ya en confianza, le cuenta a la mujer del peligro que corre y a cambio le pide que intente encontrar la relación que guarda con las personas que fueron asesinadas previamente. Ella duda un poco pero pronto se acuerda del río. Claro, recuerda, junto con el resto de las víctimas Addie fue parte del jurado que votó por trasvasar el río.
Gracias a la nueva información, Jake pudo indagar en una buena cantidad de granjas de serpientes si Quinn fue cliente de alguna.
Finalmente se topa con una mujer que le asegura que Quinn, en efecto, compró doce cascabel y que además pidió que le enseñaran a inyectarles un estimulante, para que fueran más agresivas.
Sin embargo, la testigo se niega a testificar en una corte. Por lo que, pese al hallazgo, Jake sigue sin más prueba para mostrar la culpabilidad de Quinn, que el lazo entre las víctimas, completamente circunstancial.
Gracias a una llamada de Jake, con quien había estado en comunicación para informarse de las pesquisas, TC, que está muy interesado en el caso, entra en la historia. Entonces viaja al pueblo.
Conoce a Addie, que para ese momento ha aceptado ser la prometida de Jake. Más tarde, en una partida de ajedrez que arregló el detective en la mansión del sospechoso (al que frecuentaba con tal de sacarle información) conoce a Quinn.
A media partida, TC tiene un recuerdo de su infancia, de cuando crecía en el sur profundo: el día que la empleada negra, con tal de ver de cerca al famoso predicador Bobby Joe Snow, lo llevó para que él lo bautizara. Esto en un río cercano. Quinn se parecía al predicador.
Después de la partida, ya lejos de la mansión, TC le cuenta dicha semejanza a Jake quien le contesta esto, que le da sentido al desenlace de la novela: “Bueno, Bob Quinn cree que es Dios todo poderoso”, tras lo que TC dice: “No lo cree. Está convencido”.
A TC le preocupaba el peligro que corría Addie. Sin embargo, Jake aseguraba que la tenía bajo buena vigilancia y que también la había entrenado para usar una pistola. Por el otro lado, no podía permitir que ella se fuera, como proponía TC, pues necesitaba una carnada para cazar al tiburón. Además, Jake se encontraba muy confiado de que Quinn caería pronto en sus redes. Entonces podrían casarse y viajar de luna de miel.
El famoso autor promete volver para la boda y regresa a Nueva York. De ahí se va a Europa: “en Venecia uno siempre lleva máscara y disfraz; es decir, no se es uno mismo, no se es responsable de la propia conducta”.
La diversión y el alcohol alargan su estancia, por lo que no puede asistir a la boda. Eso sí, manda un telegrama disculpándose. Meses después, cuando finalmente logró regresar a casa, TC se encuentra, entre un cerro de correspondencia, una breve carta de Jake, que entre otras cosas dice: “Addie ha muerto. Aún no lo creo y jamás lo creeré”.
El detective sospechaba de Quinn, pero todo indicaba que Addie se había ahogado en el Blue River por accidente. Y pese a que el detective quiso seguir con el caso, el departamento de policía lo releva.
TC y Jake dejaron de frecuentarse. Hasta que un día el escritor se entera de que su amigo esta enfermo y lo llama. Al oírlo, el detective lo invita a visitarlo y le cuenta que pronto se jubilará. El escritor viaja inmediatamente.
Además de saludar a su amigo, TC quería visitar a Quinn. Jake no, pero le presta su coche.
Cuando el escritor llega al Rancho, su dueño, Quinn, se hallaba metido en el río, pescando. Ahí tuvieron una breve conversación, que culminó con la siguiente frase de Quinn sobre Jake: “Bueno, creo que nunca más volveré a ver a ese viejo bastardo. Lástima. No pudimos ser buenos amigos. Si no hubiera sido por todas esas sospechas. ¡Maldita sea su estampa, incluso pensó que yo ahogué a la pobre Addie Mason! —Se echó a reír; luego, frunció el ceño—. Yo lo veo así: fue obra de Dios”.
Quizá con esto, Quinn reconoció su culpa. Lo que no sabemos es si Jake se perdonó por utilizar a Addie, su amor, de carnada.
Hay veces, quizá demasiadas, en que la ambición vence a la prudencia.


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