28.1.14

Días de facultad XXVIII

Una de las cosas que los profesores tendríamos que enseñar forzosamente es qué entendemos por dignidad de las personas y cómo se relaciona con los derechos humanos. Fue así que le recomendé a mis alumnos ir a ver El Paciente Interno, un documental mexicano dirigido por Alejandro Solar y apoyado por la UNAM a través del concurso “Ópera prima documental del CUEC”. Y es que El Paciente Interno es un retrato de como un gobierno autoritario puede disponer del destino de las personas injustamente.
En la película se retrata la manera en la que el autoritarismo mexicano lidió con Carlos Castañeda, un joven que en 1970 intentó matar al entonces presidente Díaz Ordaz. No lo desaparecieron, lo encerraron 23 años en un psiquiátrico, 6 de los cuales pasó en aislamiento absoluto. 
Los creadores del documental también nos muestran a los médicos y a los enfermeros que lidiaron con Carlos durante sus años de encierro. Es dramático ver cómo ninguno se cuestiona el papel que desempeñó en la humillación y la lenta tortura que padeció ese hombre que hoy deambula desquiciado, a sus 71 años, por las calles del centro de la ciudad de México. No parecen conscientes de la forma en la que usaron la medicina para excusar la  vejación de los derechos de una persona que no tuvo ni siquiera un juicio. 
Cada vez estoy más convencido de que los médicos, en su sentido amplio, pueden habitar la cima del humanismo, preocupados por el florecimiento de los individuos de nuestra especie. Pero también pueden ser los más vulgares truhanes, especialmente cuando se vuelven mercaderes, y ven  a sus pacientes, no como personas, sino como instrumentos de su enriquecimiento.  Nada me da más asco que un médico avaricioso y nada más terror que un médico negligente. Piensen en el caso muy reciente de José Sánchez Carrasco, el jornalero que murió esperando a que lo atendieran en el hospital general de Guaymas. Y no lo atendieron porque no tenía dinero ni seguro médico. Agonizó 5 días sin recibir auxilio. Yo no sé cómo una persona puede dejar morir a otra en las afueras de su lugar de trabajo, pero si hablamos de un médico en un hospital público, la historia se vuelve infame. No me parece posible que alguien se llame a sí mismo médico si no se preocupa por la dignidad humana, ya sea en la persona de un fallido asesino político o en la de un jornalero pobre y hambriento. También los médicos son reflejo de su entorno. Una sociedad donde las personas dejan de ver la dignidad de los otros no es un proyecto común, es un basurero.

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